Artículos: Belleza, salud y nutrición


Conozco a una mujer que estuvo ahorrando por mas de veinte años para comprarse una casa de campo. Madre y sus dos niñas vivían en el límite del hambre, sólo se alimentaban de cereales y granos.

La mayor me contaba que se moría de vergüenza cuando salía afuera con sus pantalones viejos desteñidos de rodillas rasgadas. Al crecer la niña, cada año, de forma mágica, también crecían sus pantalones. Centímetro a centímetro, la madre soltaba la tela debajo de cada manga. Estaba menos descolorida que el resto y denotaba la «astucia de lo miserable»

Cuando la madre finalmente compró la casa de campo, ninguna de las dos hijas adolescentes sentía interés alguno por ella. Pero reprochaban sin cesar a su mamá el no haberles enseñado lo qué significa ser mujer.

Las niñas crecieron con complejo de «cenicienta». Estaban acostumbradas a vivir entre muebles rotos, vajillas viejas, toallas rasgadas, abrigos de años de antigüedad. Y como consecuencia, cuando alcanzaron la adultez, no conseguían gastar dinero en si mismas.

Cada vez que tenían que comprar algo, su estado de animo se arruinaba. Es como si no se sintieran dignas de las cosas nuevas. Eso, amigos míos, se resume en dos palabras: miseria innata. Se aloja en el subconsciente, en las células, en la sangre, en los huesos.

La incomodidad de gastar dinero en ti mismo, te hace miserable.